EL MIEDO A HABLAR DE NUESTRAS FILIAS

Una de las mejores formas de permanecer ignorantes es evadir nuestros temas más incómodos.


Silencio.

 

Qué bonito se siente.
Nada que te moleste, nadie que te contradiga, nada que te alarme.
En él no existe el conflicto.
… Aunque ese es el principal conflicto que existe en él.

 

No queremos presumir, pero de los 27 siglos que el ser humano ha hecho teatro, 35 años son nuestros. Si alguien sabe de silencio somos nosotros -y los teatreros en general- que a menudo estamos callándolo y que a menudo hay quien quiere callar al teatro.

 

¿Pero por qué a los ruidosos seres humanos les encanta el silencio?

Pues nosotros tenemos una hipótesis (y con “hipótesis” queremos decir “lo que hemos observado del ser humano desde hace 27 siglos”): el miedo. El miedo al “qué dirán”, al “qué me pasará” y al “qué descubriré” es parte esencial de nuestro instinto a enmudecer. En calidad de silentes nos hemos equivocado, hemos expresado creencias como si fueran verdades absolutas y hemos tratado como inferiores a los menos prepotentes. Vaya… nos hemos creído la historia de que son prepotentes las personas que sólo necesitan ser escuchadas.

 

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Entendemos que, gracias al miedo, hay veces en las que romper un silencio es lo más difícil. A ese sentimiento nosotros le llamamos “pánico escénico”, y no es nada fácil de superar. El juicio (o simplemente creer que lo hay) nos somete y nos trata como los animales sociales que somos, y es por eso que una gran mayoría de las veces preferimos no enfrentarnos a él. Pero hay un pequeño detalle que no tomamos en cuenta cuando elegimos callar: una de las mejores formas de permanecer ignorantes es evadir nuestros temas más incómodos.

Y es que sí, nuestro propio reflejo no es precisamente lo que más nos atrae, así que tendemos a evitarlo. ¿Quién lo diría? Quitarnos del espejo es la mejor manera de vernos la cara. Con el engaño, siendo una de nuestras más grandes costumbres, nos hacemos sentir potentes y confiados, superiores a nuestros semejantes. Casi mil años de nuestra historia están bautizados tras esta filosofía. Y que quede claro: no estamos diciendo que callar sea el origen de la ignorancia, sino que el silencio se puede utilizar como herramienta consciente o inconscientemente para perpetuar un cuento que, casi siempre, uno mismo empieza y termina creyéndose.

 

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¿Y cuál es el consejo de este ente dedicado a expresar TODOS los aspectos de la vida según el ser humano? Hablar.

 

Como bien dice el dicho, “hablando se entiende la gente”. Y es verdad. No hay necesidad de gritar, de acusar o de empequeñecer a quien no está de acuerdo con uno. Tampoco se logra mucho con un “estás mal” cuando no se tiene la intención de aportar. Lo mejor es hablar y, por ende, entender. Las personas que aman el silencio te gritarán sus palabras favoritas: “NACO”, “PECADOR”, “PENDEJO”, “ANORMAL” o “ABUSIVO”. Que te griten lo que quieran. Las respuestas son más un indicador de quién quiere comprender, de lo que son un indicador de quién puede comprender. Recuerda: explicarle [lo que sea] a alguien que no está dispuesto a entender es un tanto inútil.

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